El desafio de exportar artesanias desde Tres Arroyos
Enviado el Lunes, 20 de Septiembre de 2004 por ExportaPymes
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María
Cristina Suriá y su marido, Esteban Batalla, nunca sospecharon que iban
a transformarse en emprendedores. Y menos que menos que la gente
estuviera dispuesta a pagar hasta 400 pesos por un cuenco de papel
maché salido de su taller en Tres Arroyos. Desde los 20 años Batalla
formó parte de Sode, una empresa de su familia que exportaba maquinaria
agrícola.
Cuando la compañía desapareció, en 1990, Batalla siguió en el rubro relacionado con distintas marcas.
Su mujer ejerció su profesión de maestra jardinera hasta que se jubiló,
hace cuatro años. Al mismo tiempo, tenía un taller de artesanías. "Tres
años antes de jubilarme empecé a preguntarme qué otra actividad podía
tener. Con una alumna del taller se nos ocurrió investigar sobre el
papel maché", cuenta. "Probamos muchísimos materiales, los expusimos a
distintas fuentes de calor, a la influencia del tiempo y siempre se
rompían. Hasta que llegamos a una mezcla que nos dio un material muy
resistente".
Para eso usaron un papel tissue que se disuelve solo en agua
y le agregaron cola y harina. Pero lo suyo fue una carrera de
obstáculos. Al ser un material vivo, sólo pudieron usar la harina
después de conseguir un conservante adecuado. "Este papel funcionaba".
"Investigamos dos años el arte de nuestra cultura
precolombina y después seguimos con la cultura rupestre. Las cuevas de
Santa Cruz son de la misma época que las de las costas Cantábricas pero
las nuestras son estudiadas por todos por el dinamismo y la evolución
que muestran. También investigamos la influencia de los incas en los
indios del norte", explica con entusiasmo. Y asegura que respetan los
dibujos al máximo porque cada rayita tiene su significado.
Las primeras piezas quedaban expuestas en el taller y todos
los que pasaban preguntaban si las vendían. "Nunca lo habíamos
pensado".
Hoy la pieza más barata se vende al público a 50 pesos y la
más cara, a 400. La pequeña empresa, en la que trabajan seis personas,
factura 100.000 pesos al año.
"Un día nos fuimos con una bolsita y unas piezas a Buenos
Aires. En el primer local que visitamos, en el Paseo Alcorta, la dueña
nos dijo de entrada que no le interesaba el papel maché. 'Hicimos 500
kilómetros ¿no quiere verlos aunque sea?', le dijimos. Al final nos
compró todo lo que habíamos llevado".
Otro día se subieron al auto y enfilaron para el sur. "Muy llenas de
vergüenza porque somos artesanas pero no vendedoras, fuimos al Hotel
Llao Lao. La idea era mostrar algunas piezas y quedarnos con otras para
seguir recorriendo". Resultado: partieron del hotel con un solo cuenco
en el baúl.
Mientras, toda la familia iba sumando aportes al
emprendimiento. El hijo de Cristina les hizo una página web y el marido
comenzó a organizar el negocio porque "nosotras, comercialización,
cero,", admite Cristina.
"Se veía que el producto gustaba y que tenía posibilidades de
venta. Había utilidades para nosotros y para los vendedores. Todo
cerraba. Sólo había que darle forma al microemprendimiento, registrarse
y armar una red comercial", dice Batalla.
Internet fue una aliada poderosa. "Nos permite llegar a cualquier punto
del país y mostrar los productos sin movernos. Hoy estamos en Ushuaia,
el Calafate, Villa La Angostura, Puerto Madryn, Puerto Madero. En casi
todos los lugares turísticos".
Es que los extranjeros se interesan mucho por la cultura
autóctona. Por eso todas las piezas tienen un certificado en inglés y
español que explica lo que significan los dibujos.
Gracias a la web, las piezas ya están en el barrio Las
Condes, de Chile. Y están en conversaciones avanzadas con gente de
México y España.
Además, cuentan con un aliado extra para difundir las
artesanías más allá de las fronteras: Tres Arroyos tiene las
comunidades holandesas y danesas más grandes del país. "Todos los que
viajan llevan los cuencos de regalo". También los turistas que llegan
en los cruceros a Tierra del Fuego arrasan con los cuencos, las vasijas
y las cantimploras que después van a parar las repisas de sus casas en
Europa.
Las artesanías llegan enteras a destino. "Una vez vino un
cliente al taller y quería llevarse una pieza pero tenía miedo de que
se le rompiera. Yo me jugué e hice algo que nunca había hecho antes:
tiré cinco cuencos al piso. Y ninguno se partió". Por Cecilia de Castro Fuente Diario Clarín
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